sábado, 16 de febrero de 2013

CLANDESTINIDAD Y CAFÉS EN LIMA (1978)

Estábamos a menos de un mes de las elecciones para la Asamblea Constituyente cuando el gobierno de Morales Bermúdez, una vez más se dedicó a perseguir a los opositores particularmente integrantes de los partidos de izquierda. Apresaron a doce dirigentes, la mayoría de ellos candidatos a la constituyente, y los enviaron en un avión hasta Jujuy, en Argentina, donde quedaron detenidos en un cuartel militar. En el grupo se encontraba también el periodista Alfonso Baella Tuesta, más bien de derecha, quien varios meses después publicaría un libro sobre esos azarosos días.

En esos momentos el ministro del Interior era el general Luis Cisneros Vizquerra, conocido como “El Gaucho” por haber hecho sus estudios en Colegio Militar Argentino, donde se forman los militares argentinos tradicionalmente vinculados a los militares peruanos. Se dijo que el traslado a las instalaciones castrenses de Jujuy de los políticos peruanos había sido arreglado gracias a los contactos de Cisneros con sus compañeros de estudio, en ese momento con responsabilidades de gobierno en la dictadura militar que encabezaba el general Videla.
 
UNA VEZ MÁS CLANDESTINO
 
Como estaba establecido para situaciones de este tipo, yo era uno de los dirigentes del Partido Socialista Revolucionario que debía pasar a la clandestinidad. Y hay que reconocerlo, a pesar que desde la fundación del partido en noviembre de 1976 permanentemente habíamos vivido situaciones de ese tipo, esta vez en plena campaña electoral, con los ojos de la opinión pública internacional puestos en la salida “democrática” que buscaba el gobierno, no se nos ocurrió que Morales Bermúdez estuviese dispuesto a tener una elección con algunas de las cabezas de la listas a la Asamblea Constituyente en el exilio y varios de los partidos con sus dirigentes en la clandestinidad.
 
No se nos ocurrió, pero ocurrió…
 
Y porque no estábamos pensando en la posibilidad, el embate nos agarró algo desprevenidos. No voy ahora a tocar otros aspectos de esos días de mayo y junio de 1978, sino sólo hablar de algunos temas vinculados a la clandestinidad por la que me vi forzado a pasar durante unas cinco o seis semanas, periodo por lo demás que fue el más prolongado que viví en esa condición. Es cierto que tuvimos etapas mucho más largas en que teníamos reuniones clandestinas, pero como paréntesis de la actividad normal o pública. Me explico, al estar en clandestinidad uno deja de ir a los lugares donde trascurre su vida habitual: la casa, el trabajo, casas de familiares muy cercanos, etc. No hay forma de que lo sigan, porque no encuentran el punto de partida para hacerlo. En el caso de reuniones clandestinas, asumiendo que uno era vigilado se buscaba desconectarse del seguidor –utilizando edificios o pasajes con varias entradas, cambiando de autos, entre otras modalidades- para tener determinadas reuniones o encuentros y luego se reaparecía en los lugares habituales.
 
Por cierto que no estamos hablando de una clandestinidad total, de meses o años, como la que tuvieron que pasar amigos de otros países como los chilenos opuestos a la dictadura de Pinochet, que los obligó incluso a adoptar una nueva personalidad. En este caso hablamos sólo de algunas semanas de “dureza” gubernamental después de las cuales venía un periodo de laxitud, donde uno podía estar más o menos tranquilo.
 
CLANDESTINIDAD NO ES AVENTURA INTERESANTE SINO ABURRIMIENTO
 
Me ha sucedido cuando converso de mis periodos de clandestinidad, que algunas personas me dicen, en tono entusiasmado, “que interesante debe haber sido tu vida en esos tiempos”. Nada más falso. Como he señalado en otras ocasiones, en realidad si algo distinguió a la clandestinidad, por lo menos a la mía, fue el hastío, ya que las horas libres sobraban, los lugares en los que uno se sentía cómodo eran muy pocos, los seres queridos faltaban, el vagar sin rumbo haciendo tiempo agotaba, el estar a la espera de una reunión ponía tenso. Y si añadimos que un pequeño retraso de un contacto desesperaba y que cualquier evento extraño –como un frenazo o una sirena- asustaba, nos encontramos con un aburrimiento agravado por el hecho que uno no podía darse el lujo de estar descuidado. En clandestinidad, las casas en que uno duerme, gracias a la generosidad de amigos antiguos o personas recién conocidas, no pueden servir para pasar el tiempo, interrumpiendo su normal marcha ni para utilizarse para encuentros políticos. Los cafés resultaban los sitios más aparentes para tener reuniones pero fundamentalmente para pasar largas horas leyendo -y a veces releyendo- periódicos, revistas o libros o escribiendo proyectos de artículos o comunicados.
 
BÚSQUEDA DE LUGARES PARA REUNIONES DISCRETAS
 
Como estábamos terminando la década del 70, ya el antiguo centro de Lima había dejado de ser sede de la mayoría de actividades laborales y también de conversaciones entre políticos. Por tanto habían quedado en desuso los cafés que habíamos frecuentados en los años sesenta. El entrañable Versailles en la Plaza San Martín –del cual habría que escribir toda una crónica algún día-, el Tívoli en la Colmena Derecha, el Mario de la esquina de Tacna con Colmena, el Dominó de Galerías Boza, así como el legendario Palermo a unos veinte metros del Parque Universitario, el Haití o el Atlantic ambos en la Plaza de Armas o el City en el jirón Miró Quesada.
 
En mayo y junio de 1978 eran varios otros los cafés que se utilizaban para conversaciones entre dirigentes políticos. Alguno que aun hoy frecuento, el Haití del óvalo de Miraflores. Pero varios otros desaparecidos en las dos últimas décadas y que se encontraban a lo largo de la avenida Arequipa, como el Henry´s y El Tambo en Santa Beatriz, el Marcantonio o el D´Oro en Lince o el Indianápolis en Miraflores. En Santa Beatriz, cerca de Panamericana Televisión, estaban el Berisso que aun ahora suele ser punto de encuentro y el ya desaparecido Malatesta, aunque éste era más para tomar cerveza que café. En la plaza Bolognesi del Cercado había tres antiguos cafés-heladerías que aun servían para algunas conversaciones. También entre esa plaza y la Plaza Jorge Chávez, había cafés que además eran bares como El Monarca o el Bar Tito en la avenida Guzmán Blanco. En el ovalo Gutiérrez de Miraflores quedaba el BBQ que además tenía servicio a los autos. En el mismo distrito el Café Suizo en la avenida Larco, el Solari en la alameda Pardo y el Vivaldi en la alameda Ricardo Palma. Algunos otros sitios que resultaban muy tranquilos y discretos, aunque caros, eran un café cuyo nombre no me acuerdo en la primera cuadra de Enrique Palacios, al costado de un grifo o el bar de hotel Country.
 
En la segunda o tercera cuadra de la avenida Pardo quedaba un café muy amplio y que creo que tuvo pocos años de vida. Íbamos poco y por eso mismo, al no estar dentro del circuito de cafés de Miraflores que habitualmente los dirigentes políticos utilizaban en esa época, lo comenzamos a frecuentar. Pero pasados los primeros días de esta etapa de clandestinidad, hubo un mañana en que nos encontramos allí Antonio Meza Cuadra, Rafael Roncagliolo y yo. Y los tres habíamos estado juntos la noche anterior y debíamos volver a coordinar esa noche pero en otro sitio, que ex profesamente habíamos seleccionado por estar fuera de nuestros circuitos habituales, por la naciente zona comercial entre la avenida Primavera y Caminos del Inca. En segundos nos dimos cuenta que cada uno tenía una reunión distinta, pero que por coincidencia estábamos utilizando un café al que no íbamos seguido pero que todos conocíamos. Optamos porque dos saliéramos de allí apenas llegasen las personas con las que nos habíamos citado. De hecho nuestros respectivos interlocutores nos conocían a los tres y además se conocían entre ellos. Para un partido con su dirigencia en la clandestinidad, ese triple encuentro revelaba un problema de seguridad enorme.
 
CAFÉS A LOS QUE NO REGRESÉ
 
Corté por lo sano. Aunque a veces terminé yendo al centro de Lima, desde ese día, trasladé a Lince mis recorridos diarios durante las siguientes semanas. Pasaba largas horas solo, por lo que hacía una pasada por varios cafetines cercanos a la Plaza de Armas y al cercano mercado de ese distrito, tomando gaseosas ya que el café que en esos sitios se servía resultaba demasiado “nutritivo” para mi gusto, dado el exceso de otros granos en la preparación de la bebida. No me quedaba más de 45 ó 60 minutos en cada uno porque al ser muy baratos tienen alta rotación de clientes y podía resultarles muy fastidioso un cliente que no se movía. En esos lugares algunas veces los meseros -o mozos como decimos en el Perú- se extrañaban por la reiterada presencia de un cliente al que no asociaban con el barrio. Pero cualquier sospecha se acababa cuando uno se daba maña para hacer algún comentario sobre una aventura amorosa y que había que hacer tiempo, según la hora, para que una señora se despidiera de sus hijos que se dirigían a estudiar o del marido que salía a trabajar. Después de eso, cada nueva entrada a cualquiera de esos cafetines significaba una sonrisa cómplice no sólo de los mozos, la mayoría veinteañeros y provincianos, sino incluso de los dueños.
 
Había sí una pequeña y acogedora cafetería en la que podía pasar varias horas. En realidad formaba parte de una panadería y bodega italiana, de nombre Levaggi en una esquina entre las cuadras 14 y 15 de Petit Thouars, que aun ahora existe administrada por integrantes de una tercera o cuarta generación de la familia Levaggi. Aunque conectada con la panadería, la cafetería tenía entrada independiente por la calle Manuel Segura. Allí se tomaba un excelente café y se comían, según la hora, deliciosos sánguches o pastas. En esos sitios pasaba las horas sin temor a encontrarme con nadie conocido o, peor aún, con alguien que tuviera algún policía como cola. Y por cierto no había ninguna mirada inquisidora de sus meseros, todos ellos bastante maduros y sumamente pausados.
 
Pero cuando tenía que escoger el sitio para una reunión, optaba por cafés cercanos a esa zona como el Henry´s o el D´Oro donde podía haber una cierta reserva, dejando de lado a El Tambo ya que allí sí solían concurrir siempre gente de actividad política conocida o el Berisso donde, por su cercanía al Canal 5, era posible toparse con algún periodista.
 
Terminado a fines de junio o principios de julio ese periodo de clandestinidad nunca más regresé a los cafetines de Lince. Sí al café de la esquina de Petit Thouars que a pesar de ser discreto y tranquilo nunca lo escogí para reunirme con otros, quizás para conservarlo como lugar de refugio para similares condiciones políticas en otros momentos. Y de hecho, aunque por periodos muy cortos, lo utilicé entre esos meses de 1978 y mediados de 1980.

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